28 abril 2012

Una historia de aire

Todo aquel que escribe suele pensar en referirse a cosas o situaciones que parecen representar una cierta trascendencia. Y, hasta cierto punto es lógico, porque siempre se espera que quien las lea se sienta, de algún modo, interesado por aquello.
Por tanto, se espera que tenga al menos algún interés.
Ni tan siquiera la poesía es ajena a ello, puesto que, aun hablándonos a veces de lo más leve, nos produce la íntima satisfacción de lo agradable de su composición, de lo bello de las propias palabras unidas con el solo fin de transportar nuestros sentimientos de un lado a otro, haciéndonos bailar al son de su cadencia.

Pero esta es una historia de algo que no tiene interés ninguno.
Habla de nada, o de casi nada, porque es algo que ni se ve, ni se toca y prácticamente a nadie le importa.
Y no se puede considerar poesía, así que....

Tan solo habla de aire, y ni siquiera de una gran cantidad de este.

El aire de nuestra historia se encontraba, al principio de la misma, en la más absoluta quietud, en lo más profundo de un valle de una remota sierra.
Hay que decir que el aire, dado lo muy poco que es o quiere ser, ni tan siquiera tiene conciencia de sí mismo. Esto, que podría parecer una obviedad, yo, personalmente, lo encuentro importante.

Cualquiera le supone una cierta conciencia de su existencia a cualquier ente: imaginamos que en el corazón de una piedra debe de haber algo, y si además esta piedra tiene alguna forma, muchísimo mas. No digamos ya si es una estatua que representa algo reconocible, en cuyo caso le atribuimos alma, sentimientos, y la segura capacidad de moverse cuando nadie la ve.
Y de ahí,para arriba, plantas, animales, e incluso masas de materia, como el agua, que tiene sus espíritus, la nieve, el mar, cualquier cosa es susceptible de ser, en si misma, consciente.

Pero nuestro aire no. Como mucho, alguien se descolgaría diciendo: "que aire más tonto". Y ya está.

Pero, mientras que cuento toda esta perorata, está amaneciendo en el valle. Ha salido el sol, y empieza a calentar la tierra. Y el verde pasto del valle a su vez, calienta nuestro pequeño gran trozo de aire.
Particularmente, a él le da igual, pero, por algunas razones físicas que no vienen al caso, este calorcillo de las laderas le hace crecer, expandirse y...subir. Ahora pesa menos que el aire que ha estado durmiendo encima de él, y por lo tanto, empieza a elevarse. Aunque con alguna dificultad, porque el de arriba le cierra el paso. Así que, quizá para no molestar, va subiendo pegadito a la montaña. Despacio, al principio, y después más rápido, porque...va cogiendo carrerilla, supongo.
Ahora se va encontrando con un cierto problema, y es que todo el rocío de la mañana que estaba en las praderas se le ha ido pegando, en diminutas gotas.
Que contrariedad, ahora que estaba viajando deprisa, se ha ensuciado todo de agua y todo el que lo ve, cosa que antes no ocurría, le da por llamarle nube.
Pero bueno, una vez lanzados fuera del pequeño valle, es el momento de ver mundo. Así que se dedica a recorrer llanuras, paramos, grandes campos de labor, a perseguir un horizonte que no termina de acercarse.
Y, por alguna razón que tampoco es transcendente, su pequeña nube se ha rodeado de otras. Y cada vez más. Y más. Tanta multitud no podía por menos que producir suciedad, así que la nube, que ya es enorme, se torna negra, y sigue moviéndose deprisa.
Súbitamente, otro aire, venido de quien sabe donde, se topa con el nuestro. Pero es muy frío. Así que puede que sea por eso por lo que en el choque, se le ha caído todo el agua que llevaba encima, hasta dejar completamente empapado el verde trigal que tenía debajo.
Pero ya está libre, más fresquito, así que sigue corriendo, a veces más cerca de la tierra, a veces más cerca del azul del cielo, hasta que de pronto...uf, otra vez agua…y…¡cuánta!
El aire ha descubierto el mar, y al correr sobre él, encuentra más placer en rizar su superficie, en arrancarle pequeños rociones de espuma, de acá para allá. Ahora es más libre que nunca...
Pero ¿qué es este pequeño obstáculo blanco que se encuentra?...parece que se resiste a dejarle pasar. Así que le empuja durante un largo rato, haciendo que el velero tenga la ilusión de sentirse tan libre y tan rápido como él.
Y de nuevo, otra vez tierra, y tras jugar breves momentos con la arena, se interna en las callejuelas de un blanco pueblo. Perdido en el laberinto, lo recorre de un lado a otro, buscando de nuevo la libertad.
Con tan mala fortuna, que, al doblar una esquina, se encuentra embocado en una extraña maquina que maneja un hombre con alegre rostro. Uf, que incómodo, que aprieto, que aprieto…cada vez más...hasta que, súbitamente, es liberado en un espacio rojo, que no le deja expandirse como quisiera y que el hombre cierra a su espalda con un nudo.
Un largo rato después, nuestro aire, dentro del globo rojo, cambia de mano.Y un niño, con una gran sonrisa, sale corriendo haciéndolo volar atado a un fino cordel.
Por mucha poca conciencia de sí mismo que tenga nuestro aire, se encuentra, cuando menos, molesto por esta apretura. ¡ya se había acostumbrado a volar libre sobre el mar!
Y así vuelve a recorrer, en una alocada carrera, calles, callejas, travesías... hasta que por un descuido, y al pasar cerca de tu valla, el globo se pincha con una espina de tus bellos rosales. ¡El globo explota!
 Y ante el estupor del niño, nuestro aire sale disparado, y, buscando desesperadamente una salida, se interna en tu jardín, lo recorre de un lado a otro, y al ver algo parecido a la vela del barco que estuvo empujando en el mar, se lanza sobre esa blanca sabana que tú estabas terminando de tender.
¿Era blanca por el enérgico lavado, por el sol radiante o por el brillo de tu mirada? yo me siento inclinado a pensar lo último.
Pero volvamos a la tropelía de nuestro aire, que de repente, se ha encontrado frente a ti.

Y tú, al sentirte en su presencia, y al percibir su olor a montaña, a hierba, a nube, a lluvia, a viento y a espuma de mar, no has podido evitar el aspirarlo.
Ahora está dentro de ti, fundiéndose contigo, llegando hasta el ultimo de rincón de tu cuerpo.

Y yo, que nunca pensé que ese aire fuese nada, ni tan siquiera cuando más libre corría y que incluso lo desdeñaba por su falta de sentirse en sí mismo, ahora... lo envidio.

Y daría cualquier cosa por ser ese aire que respiras.

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